"Esta crónica fue escrita originalmente para la revista “Omnia” de la Batucada del Liceo Salvadoreño, una agrupación a la que entregué mi esfuerzo, mi lealtad y mi música durante toda mi estadía en la institución. A través de estas líneas, comparto mi historia desde una perspectiva profundamente sentimental, recorriendo cada una de las etapas que me transformaron, desde la infancia hasta el día en que nos tocó despedirnos de nuestro Plantel Querido."
Sinopsis de la obra
¿Qué se siente dar el golpe más fuerte de tu vida sabiendo que es el último? Esta no es solo la bitácora de un percusionista; es el viaje de un niño de cuarto grado que entró al salón de música con una flauta Yamaha y terminó, años más tarde, liderando a la batucada más grande que el colegio había visto.
A través de cuatro capítulos y un homenaje final, recorro los ensayos bajo el sol, la disciplina implacable de la vieja escuela marista, las injusticias que nos unieron como hermanos, la resistencia en tiempos de pandemia y la melancolía fúnebre de los desfiles de septiembre. Esta es mi historia, pero también es el eco de cada bombo, caja y repique que alguna vez resonó en el glorioso Gimnasio Champagnat. Una crónica hecha por y para Liceístas.
Capítulo I: El Sentimiento
Todo empezó en el lejano año de 2015, a finales de enero. Unos jóvenes de segundo año de bachillerato pasaron por mi salón, cuarto grado “B”, reclutando personas para la Banda de Guerra del Liceo Salvadoreño. En ese tiempo, siendo todavía un niño y sin mucho que hacer en mi tiempo libre, decidí inscribirme. Fue tan simple como dar mi nombre completo y mi número de teléfono; en ese preciso momento, no tenía ni la menor idea de lo que significaría para mi vida haber escrito esos dos míseros datos en aquel cuaderno.
Los jóvenes se despidieron diciendo:
—Los ensayos son los lunes, miércoles y viernes a las 9:00 a.m.
Después de esa decisión, y con más incertidumbre que otra cosa, llegó el momento del primer ensayo. Fue un viernes. El profesor Rubén Darío Mendoza fue la persona que nos recibió frente al Salón de Paquito Palavicini; ahí me enteré de que él sería quien nos guiaría durante nuestro proceso dentro del grupo al que recién me había integrado.
Inició el primer ensayo y lo primero que nos dijo fue:
—Todos agarren sus baquetas y váyanse al muro de la jardinera, a la par de Los Ranchos, y ahí practiquen un ritmo llamado clave: un, dos, tres, un, dos.
Pasados los días, tuve la necesidad de conseguir mi propio instrumento. Sin embargo, en ese momento de mi vida no contaba con los recursos económicos suficientes para adquirir una caja redoblante. Fue precisamente en el tercer ensayo cuando le expuse mi situación al profe Darío; él tuvo la bondad de confiarme una caja redoblante de madera, color rojo, un instrumento que atesoré y cuidé con mi vida.
El debut en la cancha
Había llegado el momento de la primera presentación: los Intramuros 2015. Totalmente nervioso, y después de practicar arduamente esa clave, empezamos a tocar a las 7:30 a.m. de ese glorioso sábado.
Recuerdo que tocamos lo básico: las marchas #2, 3, 4 y 5 para el ingreso del pabellón nacional, un ritmo de Salvador de Bahía, un par de cumbias para el ingreso de las secciones, y un costoso pero muy imponente rebote de redobles para la entrada de la Antorcha Marista, seguido de la marcha #6 y el solo de redobles de la canción “Let ’Em In” de Wings.
Sin duda alguna, el momento más significativo e imponente fue cuando escuché el juramento:
—¿Juráis bajo vuestra palabra de honor cumplir y hacer cumplir el reglamento, respetando el espíritu deportivo y cumpliendo con sus obligaciones académicas bajo el lineamiento Marista?
A lo que toda la batucada respondió con un tono elocuente, imponente y muy fuerte:
—¡SÍ, JURAMOS!
El profesor respondió:
—Si así lo hiciereis, que el colegio os premie; y si no, que él mismo os lo demande. Quedáis debidamente juramentados.
En ese preciso momento, supe el verdadero significado de ser Marista, y supe el significado de ser LICEÍSTA.
En el acto de la tarde, cuando todavía existía la tradición de la madrina y el padrino de sección, era elegida como madrina la niña más bonita de cada salón, desde noveno grado hasta segundo año de bachillerato. Llegaban con su respectivo ramo de rosas, vistiendo un llamativo vestido de gala; sin duda alguna, eran las que se robaban la atención de todos los hombres.
En ese momento, yo era muy pequeño para entender esas cosas. Sin embargo, me di cuenta de cómo el jefe de repique se distrajo viendo a la madrina de su sección y... ¡le salió volando su baqueta! Lastimosamente, esa buena costumbre se echó a perder con el tiempo.
Después del desfile, se repitió el mismo acto protocolario de la mañana. Había tocado tan fuerte que me salieron tres ampollas enormes en cada mano; dolían y ardían mucho, pero me resigné y pensé: «Si ese es el precio que tendré que pagar para tocar, lo haré una y mil veces más». Al final de la jornada, los instrumentos no se guardaron como siempre en el Salón de Paquito Palavicini, sino que fueron llevados al glorioso Gimnasio Champagnat, donde se disputaría el tradicional partido de baloncesto: Liceo contra Chaleco. Fue el primero que presenciaría en mi vida.Para mí, fue impactante ver por primera vez la organización de la barra (eso sí, logré verla cuando aún no se había echado a perder). Vi los imponentes barriles de los jefes de barra, las enormes pancartas y la tarima gigante. Se tocaron las hurras tradicionales, algún que otro invento y unas adaptaciones hermosas de batucada con las canciones que todos los liceístas llevan en el corazón, esas que todos los exalumnos alguna vez cantaron.
El Liceo ganó y se armó una celebración majestuosa la cual, como era tradición, fue a terminar a los bares de la Zona Rosa en San Salvador.
Capítulo II: La melancolía
Lo que más me gustaba de estar en la batucada era el hecho de perder clases; era lo que me mantenía motivado a pertenecer en esa época. Siempre había visto a los de segundo año de bachillerato como personas a las que les encantaba el relajo y la fiesta. El olor a cigarrillo y a cerveza derramada en Los Ranchos era tan fuerte que el mismo profesor que estaba cuidando —supongo— ya ni siquiera lo notaría. Eran, en verdad, otros tiempos.
Se acercaba el acto estrella de la batucada: el 14 de septiembre de 2015. Al estar en un ambiente nuevo, no sabía lo que esa fecha significaba para todas las personas que estábamos ahí. El profesor Darío Mendoza nos había estado enseñando arduamente durante los meses anteriores las marchas #2, 3, 4 y 5, las cuales, a mi parecer, siguen siendo hoy en día marchas muy imponentes. Y cómo no serlo, si nos las estaba impartiendo el discípulo del mismísimo Paquito Palavicini; ambos, unos genios de la música salvadoreña.
Saliéndome un poco de la historia, tanto a Palavicini como a Mendoza habrá que construirles un monumento o un busto a cada uno, colocarlos en algún redondel y reconocerlos a nivel nacional. No han sido pocos sus aportes a la música salvadoreña, y son dignos de toda honra ahora y siempre.
El toque de la mañana
Eran las 6:30 a.m. del 14 de septiembre de 2015. Toda la batucada vestía reglamentariamente de semigala fuera del glorioso Gimnasio Champagnat. El ambiente era tranquilo, un poco triste por alguna razón que yo aún no entendía. Los jóvenes de bachillerato se tomaban sus respectivas fotografías con el fotógrafo del colegio. Lo bueno de estar en la batucada es que no tenías que pasar sentado durante todo el evento soportando el calor del gimnasio.
Empezó el toque de la mañana. La perfección de los pasos de los pabellones iba sincronizada con el toque del bombo; era una belleza verlos entrar al gimnasio desde la puerta de “la jaula del león”. Después del largo recorrido de media hora alrededor de la duela del gimnasio, el pabellón se posicionó y se dio fin a la entrada. Como dicta el protocolo, se hicieron los honores a la patria y dieron inicio los puntos artísticos.
Al final, los pabellones se retiraron y salieron por las escaleras de la izquierda del gimnasio (viéndolos desde la tarima, en dirección al edificio principal). Inmediatamente después de que salieron los pabellones, inició la fiesta: un toque improvisado con ritmo de Salvador de Bahía para la salida de todos los alumnos, e íbamos directo hacia la fiesta del patio central. Esas eran cosas de niños.
El último golpe
Al caer la tarde, a las 2:30 p.m., se dio inicio al acto cívico de bachillerato (el mismo protocolo que describí antes). Todos estaban totalmente nerviosos porque el profesor Darío nunca llegaba a abrir el Salón de Paquito Palavicini para sacar los instrumentos.
En el momento en que llegó, ya no se sentía el mismo ambiente de la mañana; el entorno era totalmente fúnebre. Los estudiantes de segundo año de bachillerato se abrían paso ante la batucada con sus instrumentos puestos, con una cara de inmensa tristeza y nerviosismo. Por supuesto que estaban tristes: estaban a punto de dar el último toque de su vida dentro de su Plantel Querido.
Con todo el dolor del alma inició el acto de la tarde. Tocaban más fuerte que nunca y con un sentimiento enorme, tratando de que con el sudor y las lágrimas que caían en sus manos, sus baquetas y mazos no saliesen volando. De la misma forma, el pabellón entró y se asentó. Los integrantes de la batucada preferían no estar dentro del gimnasio durante el acto, sino regresar en el momento en que les tocara despedirse; preferían saltarse las aburridas palabras de las autoridades y los actos forzados ejecutados por sus compañeros, para limitarse a vivir el momento que significa salir y no volver jamás.
El maestro de ceremonia indicó:
—Todos pongámonos de pie para presenciar la salida del pabellón nacional.
Esas palabras son las peores que un integrante de la batucada puede escuchar; las más hirientes y las más tristes. El jefe de repiques dio inicio a la marcha #2, el pabellón avanzó lentamente y el jefe indicó el cambio a la marcha #3, y así sucesivamente hasta llegar a la marcha #5. Ese es el momento tenso, el cual solo de recordarlo me pone nervioso y melancólico: ver que el pabellón sale por el lado derecho del gimnasio, en dirección a la cancha de fútbol, en dirección a la libertad.
Y es justamente cuando ya no se ve ni un alma en esas escaleras, cuando el jefe de repiques toca un arreglo durante la marcha #5, en el cual, para finalizar, se da un golpe en el último compás mientras el silbato suena marcando el final. El final de los finales. El golpe más fuerte que habrán dado en toda su vida, al cual yo le llamo: el último golpe.
Un silencio sepulcral, un ambiente fúnebre invadió el gimnasio. Las lágrimas de los jóvenes de segundo año de bachillerato brotaron de sus ojos, sabiendo que todo había finalizado, mientras la multitud indiferente no tenía ni la menor idea de lo que acababa de pasar.
El maestro de ceremonia anunció la retirada de los alumnos y, solamente para rellenar el vacío, la batucada empezó a tocar un ritmo de cumbia... una cumbia muy dolorosa. Con el gimnasio vacío, el jefe de repiques les dio las gracias a todos y asignó al nuevo líder para el próximo año. Una vez terminadas las palabras de despedida, todos se fueron a la fiesta en el patio central. Ese tipo de fiestas son de las que llamo: cosas de liceístas.
Licenciado Rubén Darío Mendoza: El discípulo de Paquito Palavicini
Recuerdo los días cuando entré a cuarto grado. Todas las personas que conocía de quinto y sexto grado me habían dicho, sin excepción, que el profesor Darío era alguien muy enojado y estricto.
Aún tengo grabado el día de mi primera clase en su salón. Todos íbamos con nuestra flauta Yamaha, nuestro cuaderno rayado color blanco y nuestra libreta pautada. Después de haber pasado buena parte de mi infancia rodeado únicamente de maestras, fue en esa primera sesión de música cuando supe lo que era recibir clases con un profesor de la vieja escuela: un hombre de temple, portador de los verdaderos valores maristas de los que tanto nos habían hablado.
El lazo a través de la madera roja
Dejando de lado las clases académicas, hay un momento que recordaré para siempre. Sucedió cuando fui al Salón de Paquito Palavicini para el segundo ensayo de la batucada. Me acerqué y le confesé al profe Darío que yo no tenía una caja redoblante y que, lastimosamente, en ese momento mi familia no contaba con las posibilidades económicas para conseguir una.
Sin decir mucho, entró al salón a buscar algo. Segundos después, salió con una caja redoblante de madera, forrada en una lámina roja muy elegante, con los pergaminos en perfectas condiciones y los pernos cromados totalmente relucientes. Me vio y me dijo:
—Toma, usa este redoblante y me lo devuelves al final del año.
En ese instante me quedé impactado; ante semejante gesto, solo pude responder:
—Gracias, profe. Muchísimas gracias.
Durante los tres años que toqué la caja redoblante, cuidé ese instrumento con mi vida. Lo limpié, templé los pergaminos, le coloqué fieltro para que dejara de resonar, pulí los pernos y arreglé el sistema de bordones. Así, viendo videos en YouTube de las hinchadas argentinas y de las batucadas de Brasil, fue como aprendí una infinidad de ritmos: Salvador de Bahía, cumbia, samba, entre otros.
Una amistad de la vieja escuela
A pesar de lo que la gente decía sobre el profesor Darío, los años de convivencia me permitieron comprenderlo y, a mi parecer, logramos entablar una verdadera amistad. Él me transmitió un montón de sabiduría. Si me pusiera a escribir las infinitas historias, relatos y vivencias que me compartió, probablemente tendría material para redactar una docena de libros enteros. Son de las cosas que más valoro en mi vida; por eso mismo, puedo decir que es el maestro que más me ha marcado.
Siempre tuvo un trato especial conmigo. Cuando me faltaba cincha, él me la prestaba; si me hacían falta baquetas, mazos, baquetas de nylon o cualquier otro implemento a lo largo de mi trayectoria en la batucada del Liceo Salvadoreño, él siempre estaba ahí para apoyarme.
Incluso en los peores momentos su respaldo fue incondicional. En octavo grado, me prestó unas varillas de nylon nuevas porque yo no tenía. Al ser completamente nuevas, venían con un borde cilíndrico perfecto y afilado, lo que corría el riesgo de romper el pergamino del repique. Y pasó lo inevitable: a medio toque en el evento de Primer Ciclo por el Día del Niño, el pergamino se rasgó por la mitad. De inmediato, le di la vuelta al repique y terminé de tocar como pude.
Cuando le conté al profe, lejos de enojarse, se disculpó por haberme dado unas baquetas con ese filo y me compró un pergamino de reposición. A la siguiente semana, ya tenía un pergamino nuevo... y una inmensa deuda moral con él.
Él acostumbraba a comprar los repuestos en una tienda históricamente conocida en el centro de San Salvador como “Avance Ganadero” (ahora llamada “Pro Avance”), cerca de un centro escolar donde trabajaba por las tardes. Siempre iba a hacerme el favor personal contra factura. Viviré eternamente agradecido por esos detalles.
Ganarse la confianza en medio del caos
Cuando cursaba octavo grado, las personas que dirigían la barra empezaron a dejar de lado al profesor Darío. Fue justamente ahí cuando empecé a tener un mayor acercamiento a él.
Siempre me dejó claro que los proyectos estudiantiles nunca tomaban un buen rumbo porque los miembros de las promociones se atribuían decisiones a escondidas; acciones que, al final, podían meter al profesor en graves problemas. Me contaba desde casos donde "tomaban prestados" los instrumentos del colegio para ir a tocar a fiestas privadas, hasta el descaro de dejarlos abandonados en el parqueo del Estadio Cuscatlán después de los partidos del Alianza. Debido a eso, él había perdido el beneficio de la duda y la total confianza en los estudiantes.
Al principio, yo llegué como todos los demás, repitiendo las típicas frases de: «Esta vez no será lo mismo» o «Por favor, denos otra oportunidad». La respuesta del profe a las solicitudes de préstamo de instrumentos siempre era un rotundo no. Ya estaba curtido de mentiras.
Sin embargo, siento que con todo el trabajo constante que realicé desde cuarto grado hasta segundo año de bachillerato, logré demostrarle con hechos que yo sí haría las cosas diferentes. Fue la coherencia de mis actos a lo largo de los años lo que hizo que me ganara su confianza; no me quedé solo en palabras, como solía pasar.
Mi más sincera gratitud con el licenciado Rubén Darío Mendoza; lo sostengo ahora y lo diré siempre. En algún momento habrá que hacerle un monumento en El Salvador. Ojalá sea pronto.
Capítulo III: La Carrera
A lo largo de mi historia con la batucada, tuve el honor de tocar todos los instrumentos de percusión. Desde los Intramuros de 2015 hasta el Bicentenario Marista en 2017 toqué la caja redoblante. Fueron casi tres años de mantener la clave en la caja, hasta que en el propio evento del Bicentenario, celebrado en CIFCO, me animé a tocar el “Tucu Taca”.
Ese fue un evento muy especial. El para entonces recién nombrado cardenal, Monseñor Gregorio Rosa Chávez, presidió la Santa y Magna Eucaristía de ese domingo. Justo cuando salía en procesión hacia el lateral del anfiteatro, la batucada del Liceo Salvadoreño —ubicada en su típica formación sobre las gradas del quiosco de Pizza Hut— recibió la señal. El profesor Darío pitó para iniciar el toque.
Fuimos los encargados de reventarle el tímpano al señor cardenal o, por lo menos, de darle un dolor de cabeza. Jamás olvidaré su expresión facial al escuchar el estruendo. Éramos una formación muy potente, sobre todo porque ese año la Asociación de Padres de Familia adquirió un set de batucada con tres bombos, una caja redoblante y un repique; además, el profe Darío invitó a dos niñas de la escuela donde trabajaba por las tardes para que nos acompañaran con otros dos bombos. Fue algo impresionante.
Cuando pasé a séptimo grado, tuve mi primer acercamiento al Bombo Zurdo de fondo (el número 22). Por alguna razón, ese instrumento me encantó: tenía un sonido ni tan agudo ni tan grave, y poseía el peso y tamaño perfectos para mis trece años de ese entonces.
Evolución Musical en la Batucada:
[2015 - 2017] ────> Caja Redoblante (La Clave / Tucu Taca)
[7.° Grado] ────> Bombo Zurdo de Fondo (#22)
[8.° Grado +] ────> Repique (#12) e Instrumentos de Fabricación Propia
La inversión y una promesa de lealtad
Al llegar a octavo grado sucedió la magia. En mi afán por integrarme con la promoción de aquel año, me aventuré a comprar mi propio repique. Me costó $80.00 en La Casa Instrumental. Sabía perfectamente que era una inversión muy grande para mí, pero no me arrepiento de nada. Me entregaron mi repique #12: bastante alto, muy pesado, con una cincha de nylon especial para las varillas gruesas y recubiertas que tenía, y dos pergaminos marca JP.
Lo estrené al día siguiente en los intramuros de parvularia. Fue una experiencia inolvidable, principalmente porque casi me desmayo: solo éramos tres personas (dos repiques y un bombo) encabezando el desfile. Logramos sacar el evento, pero me quedé con una espina clavada: ¿Por qué solo somos tres? ¿Dónde está la batucada entera? En ese momento supe que tendría que ponerme la camiseta y serle totalmente leal al profesor Darío.
El viernes de esa misma semana fui a su salón a hablar con él. Tras explicarle la penosa situación de la batucada, me dejó marcado con una frase:
—Se han portado mal. No esperen nada de mí.
A lo que yo le respondí con firmeza:
—Profe, conmigo las cosas serán diferentes. Le seremos siempre leales a usted. Dígame cuántas personas necesita y yo se las traeré el próximo viernes para hacer el primer ensayo de la Nueva Batucada del Liceo Salvadoreño.
Con la esperanza de no repetir las viejas decepciones, el profe aceptó. El lunes siguiente me escapé de la clase de Ciencias Naturales y pasé por todos los salones de la mañana preguntando quiénes se querían unir, reclutando gente exactamente de la misma forma en que me reclutaron a mí en cuarto grado.
Entregué un listado de unas quince personas de segundo y tercer ciclo. Como líderes quedaron los de octavo: Adrián Orellana, Moisés Pineda, David Guerra, Aarón Gaitán, Edgardo García, Carlos Alfaro y Salvador Guevara. En ese tiempo convencí a mi mejor amigo, Sebastián Medina, de integrarse. Ensayábamos muchísimo por puro gusto. Él consiguió un bombo de marcha color azul, yo iba con mi repique y David con su caja; ahí nació una pequeña agrupación para eventos internos a la que llamamos “La Murga de los Cabecillas”, en sátira al licenciado Jimmy, el profesor de Ciencias. Pero esa ya es otra historia.
El profesor Darío nos enseñó perfectamente y en tiempo récord, considerando que la mayoría tenía nulo conocimiento musical. “La Nueva Batucada del Liceo Salvadoreño” debutó en los intramuros generales, dejando a un lado a los de segundo año de bachillerato, quienes estaban más concentrados en la barra y veían los actos oficiales del colegio como un simple vacilón. Disfruté mucho esa época.
Injusticias institucionales
Lastimosamente, las cosas se tornaron amargas. Algunos profesores se ensañaron con Sebas debido a sus problemas conductuales. Él era muy inteligente y casi no reprobaba materias, pero su expulsión terminó siendo un deseo personal de la coordinadora de grado de ese entonces. Lo motivaron a seguir estudiando a base de mentiras y, al final, le reprobaron la nota de conducta y lo echaron.
La expulsión de Sebas me dejó una indignación y una repulsión increíbles hacia las autoridades que vivían con el único objetivo de truncar el camino de un alumno. Sentí el golpe como si me lo hubieran hecho a mí. Pobre Sebas. Si San Marcelino Champagnat supiese las injusticias que suceden en las instituciones que tanto se esforzó en fundar, estoy completamente seguro de que se volvería a morir de la decepción.
Clandestinidad en el Parque Bicentenario (2020 - 2021)
Pasamos a noveno grado en 2020. La batucada iba en ascenso y ante la falta de instrumentos me animé a fabricar un set propio: un bombo, una caja, un repique y un güiro. Teníamos la batucada consolidada y ensayada, pero a solo siete días de los intramuros, el presidente Nayib Bukele anunció la suspensión de clases por la pandemia. Ojalá Dios hubiera querido que solo fueran quince días. Cada quien sabe el calvario que sufrió en ese año y medio de encierro; personalmente, extrañé la batucada con el alma. Además, a inicios de ese año quería arrancar un nuevo proyecto: una orquesta para el colegio. Lamentablemente, el 2020 nos dejó de manos atadas.
Fue hasta mediados de 2021 que regresamos a la semipresencialidad. Intenté meter infinidad de permisos para reactivarnos, pero no nos dejaron hacer nada. A finales de año, hablé con el coordinador de ciclo para ver si nos permitía ensayar en las vacaciones dentro del colegio, aprovechando que las instalaciones estarían vacías. Me dijo que «lo consideraría» pero que «estarían prohibidos los instrumentos de viento». Días después, rechazaron el permiso otra vez.
Desesperado, pero sin los brazos cruzados, hice una convocatoria masiva por mi cuenta. Respondieron apenas siete u ocho personas. Desobedeciendo por completo a las autoridades del colegio, los cité a ensayar al Parque Bicentenario. Íbamos bajo "bandera blanca", sin ningún distintivo escolar para evitar problemas.
Ahí fue donde se forjó el verdadero núcleo y supe hacia dónde iríamos. Carlos Portillo, Minerva López, Oscar Melgar, Fernando Figueroa, David Guerra, Aarón Gaitán, Ariel Arias, Leonel Cornejo y, sobre todo, mi mano derecha en todo esto, Adrián Orellana. Esas fueron las personas con las que abriríamos el 2022, el pilar fundamental para la refundación de la “Nueva Batucada LS 2K22”.
El año de la promoción: Dejar una huella
Después de tres ensayos clandestinos en el parque se acercaba nuestro día triunfal: la entrega de chumpas de la promoción 2022. MI PROMOCIÓN. Como las semanas escolares estaban divididas en bloques A y B debido a los protocolos sanitarios, no pudimos tocar juntos. Tuvimos que dividirnos en dos grupos: uno liderado por David Guerra y el otro por mí. Los toques no fueron perfectos, pero tras un año de sequía y con solo tres ensayos en el cuerpo, fue lo mejor que pudimos entregar.
Con el paso de las semanas las cosas se normalizaron. A mitad de año lancé otra convocatoria masiva. La historia se repetía, con la diferencia de que esta vez nosotros éramos la promoción; era nuestro turno de hacer historia. Tal como le dije al profesor Pereira el primer día de clases:
—Hola, me llamo Oscar Molina y mi objetivo es dejar una huella en el colegio. No me importa si es grande o pequeña, pero algo tengo que dejar.
Ese era el inicio. A la convocatoria respondieron alrededor de treinta personas: la batucada más grande que había tenido el Liceo Salvadoreño en años. Tuve el gran honor de dirigirla junto a Adrián Orellana.
De nuestra gestión al frente de la batucada me enorgullece destacar varios logros históricos:
- Unificación total: Logramos fusionar la Batucada de Barra con la Batucada oficial del Colegio.
- Equipamiento: Conseguimos que la Asociación de Padres de Familia nos dotara, a final de año, con diez cajas, dos bombos y un güiro nuevos.
- Reconocimiento institucional: Obligamos a las autoridades del colegio a reconocernos formalmente como Batucada (aunque al principio nos impusimos sin su permiso) y nos tomaron en cuenta para casi todos los eventos oficiales.
- Justicia histórica: Logramos visibilizar y dignificar, como se debía, el trabajo del profesor Darío Mendoza.
Al finalizar un ensayo un martes de junio, me quedé platicando con el profe Darío en su salón. Me contó una historia sumamente impactante que no puedo relatar aquí porque me pasaría llevando de encuentro a varias personas que siguen trabajando en la institución. Sin embargo, todo ese trasfondo desembocó en una propuesta que le hice:
—Profe, yo le voy a armar la orquesta del Liceo Salvadoreño. Dígame qué días está libre para ensayar y yo le traigo a la gente.
El lunes de la siguiente semana ya teníamos una orquesta y un coro montados. No tuve el placer de dirigirla, pero sí formé parte de ella bajo la batuta del talentoso Luca Maza (aunque esa es historia para otro libro).
A la batucada nos agarraron para arriba y para abajo: animábamos en los eventos de parvularia, en la Pastoral Marista, en los actos de primer ciclo y, sobre todo, en los desfiles de septiembre. Yo era plenamente feliz. Por fin se había materializado mi gran sueño de la infancia: darle al Liceo Salvadoreño una batucada digna de su historia.
Capítulo IV: Acto Cívico 2022 (El Final de los Finales)
La historia se repitió al pie de la letra. Lastimosamente, esta vez no hubo un principio en los intramuros; nuestra historia de promoción solo tuvo un gran final: el Acto Cívico.
Eran las 6:30 a.m. del 14 de septiembre de 2022. Toda la batucada vestía reglamentariamente de semigala fuera del glorioso Gimnasio Champagnat. El ambiente se sentía tenso; todos sabíamos perfectamente a lo que íbamos: era el último día en que tocaríamos para la batucada del colegio. La melancolía nos invadía mientras nos tomábamos las respectivas fotografías con el fotógrafo institucional.
Llegó el momento de entrar. Recuerdo perfectamente que hablé con todos los abanderados y les pedí que caminasen extremadamente lento; les aclaré que necesitaba por lo menos veinte minutos para ejecutar todas las marchas. También les ordené a los bombos que marcaran un compás pausado; necesitaba estirar el tiempo al máximo.
Inicié con la marcha #2, pasé a la #3, luego a la #4, y de ahí salté a la tan temida marcha #1 —la cual me atreví a tocar sin que nadie lo supiera—. Terminamos con un arreglo clásico en la marcha #6. Luego de eso, nos unimos a la orquesta para interpretar el Himno Nacional, un festival de canciones en honor a Pancho Lara y la canción “Duende” de Alux Nahual. Despedimos al pabellón de la mañana y, acto seguido, fuimos a armar el tradicional relajo al patio central. Sin duda alguna, fue una mañana muy alegre.
El nudo en la garganta
El reloj marcó las 2:30 p.m. Se dio inicio al acto cívico de bachillerato. Tal como lo había visto años atrás siendo un niño, un ambiente fúnebre invadió por completo el gimnasio. Los estudiantes de segundo año de bachillerato nos abrimos paso ante la batucada con los instrumentos puestos, con una mezcla de inmensa tristeza y nerviosismo. Estábamos a punto de dar el último toque de nuestra vida dentro de nuestro Plantel Querido.
Con todo el dolor del alma, me dispuse a arrancar. El profesor Darío me había concedido el mayor honor de mi trayectoria: dar la voz de mando.
—¡Atención... al frente, mar...!
Tocamos con más fuerza que nunca, imprimiendo un sentimiento enorme en cada tambor, tratando de que las baquetas y los mazos no salieran volando debido al sudor y a las lágrimas que resbalaban por nuestras manos. Mientras ejecutábamos la misma alineación de la mañana, el pabellón entró y se asentó.
Como ya era costumbre, los integrantes de la batucada prefirieron salirse del gimnasio durante el acto protocolario; preferían ahorrarse los discursos de las autoridades y los puntos forzados de sus compañeros para regresar solo en el momento de la despedida. Querían limitarse a vivir los últimos minutos de lo que significaba salir para no volver jamás.
En la tarde tuve el honor de tocar las mismas canciones con la orquesta, pero con un pequeño contratiempo: mientras tocaba la batería en “Duende”, me dio un enorme y doloroso calambre en la pierna derecha (Con la que tocaba el bombo de la batería). Fue horrible; las lágrimas se me salían del dolor, pero no podía parar de tocar por nada del mundo.
El silbato y el último golpe
El maestro de ceremonia indicó las palabras definitivas:
—Todos pongámonos de pie para presenciar la salida del pabellón nacional.
Esas son las peores palabras que pude haber escuchado en mi vida escolar; las más hirientes y desgarradoras. Al intentar dar la orden de «¡Atención... al frente, mar...!», la voz se me quebró y me salió un "gallo". Adrián se dio la vuelta de inmediato y se rió; sinceramente, en ese preciso momento yo no podía hacer otra cosa más que aguantar el llanto.
Di inicio a la marcha #2, luego pasamos a la marcha #3, y así sucesivamente hasta llegar a la marcha #5. Ese instante tenso, que de solo evocarlo me pone los nervios de punta y me llena de melancolía: ver al pabellón salir por el lado derecho del gimnasio, en dirección a la cancha de fútbol... en dirección a la libertad.
Y es justamente cuando ya no queda ni un alma en esas escaleras, cuando ejecuté un arreglo especial durante la marcha #5. Para finalizar, dimos un golpe seco en el último compás mientras soplaba el silbato marcando el final. El final de los finales. El golpe más fuerte que habremos dado en toda nuestra vida: el último golpe.
[Silbato Final] ────> ¡EL ÚLTIMO GOLPE!
└───> Silencio sepulcral en el Gimnasio Champagnat.
└───> Lágrimas en los ojos de la Promoción 2022.
└───> La multitud indiferente no sabe lo que acaba de ocurrir.
Un silencio sepulcral invadió el gimnasio. Las lágrimas brotaban de nuestros ojos sabiendo que todo había concluido, mientras la multitud indiferente no tenía ni la más mínima idea de lo que acababa de suceder en ese rincón de la duela.
El maestro nos invitó a tocar “El carbonero” para cerrar el acto; ha sido la canción folclórica que he interpretado con más tristeza en mi vida. En cuanto terminamos con la orquesta, corrimos de regreso a la batucada para tocar una cumbia; una cumbia profundamente triste, mientras el maestro de ceremonia anunciaba la retirada de los alumnos.
La huella sembrada
Con el gimnasio completamente vacío, Adrián y yo les dimos las gracias a todos los que se subieron al barco con nosotros, por ayudarme a sembrar esa semilla. La huella que tanto le prometí al profesor Pereira el primer día de clases se había materializado por completo. Ahí quedaba impreso nuestro esfuerzo; a partir de ese momento, solo vendrían tiempos mejores para el grupo.
Asignamos al nuevo líder para el próximo año: Carlos Portillo. Sabíamos perfectamente que no nos equivocábamos; el futuro de la batucada y de la orquesta quedaba en excelentes manos.
Una vez terminadas las palabras de despedida, nos fuimos todos juntos a la fiesta en el patio central. Definitivamente, cosas de liceístas.
El Panteón de los Héroes
No puedo finalizar el presente escrito sin mencionar a todas y cada una de las personas que estuvieron acompañándome a lo largo de mi vida en este proyecto. Este escrito va dedicado, con profundo respeto y gratitud, para ellos:
- Lic. Rubén Darío Mendoza
- Chelón (Promoción 2017)
- Salvador Flamenco
- Rebeca Sunley
- Fabiola (Promoción 2018)
- Alejandro Arias
- Daniel Sosa
- Daniel Rivas (El mejor repiquista que he conocido)
- Sebastián Ismael Medina Nieto
- Salvador Francisco Guevara Bernal
- Gerson Moisés Pineda Molina
- Ariana Ávalos
- Jimena María Rodríguez Garay
- Camila Luciana Peralta Martínez
- Fátima Gabriela Fernández Romero
- Leonel Efrén Cornejo Colocho
- Saúl Mauricio Ulloa Martínez
- Gabriela María Guardado Flores
- Juan Pablo Arce Ortiz
- Carlos Eduardo Moreno Díaz
- Luca Maza Rodríguez
- Gabriel Alejandro Portillo Morán
- Fernando Ernesto Figueroa Hernández
- Elmer Alexander Platero Muñoz
- David Daniel Guerra Rivera
- Eduardo José Rivas
- Oscar Mauricio Melgar Guevara
- Diego Alejandro Cortez Durán
- Roberto Josué Argueta Barraza
- Adrián Edgardo Orellana Ramírez
- Elian Yael Marroquín Hernández
- Minerva Lissette Parada López
- José Roberto Platero
- Carlos Guillermo Mejía Portillo
- Roberto Doñán




















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